Cierto que en Madrid hace mucho calor estos días, y que viviendo al lado del mar se podría estar mejor en la playa, pero este jueves tenía una buena excusa para visitar la ciudad: la exposición de Edward Hopper en el Museo Thyssen-Bornemisza. Estará abierta hasta el 16 de septiembre, por lo que si te pilla cerca y te gusta el arte, te aconsejo gastar los 10 euros de la visita.
En esta ocasión el museo da la oportunidad a los visitantes de seguir la exposición con el apoyo de una audioguía. Y estoy seguro de que puede ser de gran ayuda para tener una visión más completa de la exposición. Soy partidario de esta herramienta y la he utilizado en varias ocasiones, y pienso que es muy útil para los menos experimentados. Pero la ausencia de este apoyo en las obras de Hopper no hace que el mensaje y las emociones se queden por el camino.
Una de las cosas que más llaman la atención en sus cuadros es la relación con el diseño. Las composiciones y esa simplificación de los elementos y de los colores están muy ligados a los conceptos de estructuración y orden en el diseño. Es tal vez su trabajo como ilustrador en prensa lo que le llevó a desarrollar una visión del arte tan relacionada con esta disciplina (en la exposición podemos ver una muestra digital de multitud de portadas que hizo para diversas revistas). Hopper era muy meticuloso en cómo iba a enfocar un cuadro, se pasaba días planeando cómo solucionarlo, con varios bocetos previos y simplemente mediante el dibujo lineal. Hacia el final de la exposición podemos ver este desglose en uno de sus cuadros más famosos. Mediante unos cuantos dibujos previos, sin ninguna mancha de color, Hopper ya indicaba en estos apuntes qué colores iba a utilizar en cada parte del cuadro, como por ejemplo de qué color serían las zapatillas de este personaje, o el tono de la piel en determinada zona del cuerpo, el color de una pared o el marco de una ventana.
Además escogía a conciencia el formato adecuado de la pieza. Su cuadro Manhattan bridge loop no nos transmitiría las mismas sensaciones si tuviera un formato cuadrado, además de que retocó algunos elementos, “mintiendo” acerca del espacio real (al menos en su forma), todo para enfatizar la horizontalidad de la escena. Antes de empezar la primera pincelada ya sabía dónde iba cada cosa y qué sensación quería provocar en el espectador.

Si bien podemos encontrar matices en cada obra, e historias diferentes en cada una de ellas, hay un denominador común, que es la sensación de soledad. En la mayoría de los casos una o varias figuras humanas aparecen en escena, pero no parecen “poblar” el lugar. Da la sensación de que esos personajes son una ilusión, puede que hayan estado ahí en algún momento pero transmiten cierta irrealidad. A pesar de que muchas veces la figura aparece representada en el centro del cuadro, siendo formalmente la protagonista indiscutible de la composición, no podemos dejar de tener la sensación de lejanía. Sus personajes se alejan de nosotros, y se abstraen en su propio mundo, como si el resto no fuera con ellos.
Hopper insiste en el trabajo del espacio, en la construcción de la escena en entornos arquitectónicos principalmente, ya sean interiores o exteriores y en ese relación con el individuo. En una ocasión Hopper se preguntó cómo sería una habitación si nadie estuviera en ella, y dedicó a este tema el cuadro Habitación al mar. La sensación perturbadora al ver la imágen no deja de sorprenderme, con esa visión al mar, a la nada, de por sí tan irreal ya que da acceso directo a la puerta de la habitación. Además, a pesar de que no hay nadie en escena, sabemos que la casa está o ha estado habitada, ya que no está sucia, hay muebles, un cuadro en la pared, incluso (conociendo la obra de Hopper) podríamos pensar que hay alguien sentado en la otra punta del sofá, y simplemente no le vemos. Es esta relación del espacio con el hombre, de los lugares que habita, lo que en mayor parte dota de sentido a la obra de Hopper.

Me llamó especialmente la atención su última obra, Dos cómicos, de 1965. En ella vemos a dos personajes arriba de un escenario, en el que parece ser el momento de despedida de la obra, con sus correspondientes aplausos por parte del público y muestras de agradecimiento de los actores. Al ver el cuadro me imagino una sala llena de gente, aplaudiendo, gritando, silbando. Sin embargo la sensación de soledad de los personajes vuelve a aparecer con máxima fuerza, dada por varios elementos: ese alto contraste de luces y sombras en los rostros, las figuras con luz directa en contraposición a ese vasto fondo azul tan neutro y oscuro, y también nuestro punto de vista desde un extremo de la sala.

Edward Hopper defendía que el artista debía desarrollar su obra en base a su personalidad, a sus vivencias, a su relación con la naturaleza y debía tener relación con la cultura y la nación propia. Por esto renegaba del arte abstracto que llegaba desde Europa, criticando duramente a los americanos que copiaban este tipo de pintura, convirtiéndola en algo superficial, ya que carecía de personalidad o fundamento. Tras la crisis de los 30 y la Segunda Guerra Mundial, el expresionismo abstracto de su país recibe el apoyo incondicional de las instituciones, especialmente de Peggy Guggenheim, con un intento de posicionar a Nueva York como la nueva capital del arte, y poniendo en lo más alto a artistas como Jackson Pollock, Willem de Kooning o Mark Rothko. Querían un arte genuinamente americano y lo consiguieron, desmarcándose de otros movimientos contemporáneos. Digamos que estos artistas lo tuvieron “fácil”, ya que había alguien detrás que los promocionaba.
Para mí el mérito de Hopper (sin menospreciar el expresionismo abstracto) es que siendo un inconformista siempre buscó ser fiel a sus principios, quería pintar la realidad tal como él la veía, ensañar al mundo cuáles eran sus emociones al observar su entorno mediante una pintura figurativa. Y aunque la crítica lo relacionó con el movimiento realista del grupo de Los Ocho, seguramente nadie como él llegó a explicar la realidad de una manera tan veraz.